El autobús se detuvo. Ruth y Eva se despidieron del conductor y continuaron su camino hacia la facultad, recordando que aquel era el último día de clase. Al día siguiente empezaban las prácticas del segundo año.
Las dos amigas cruzaron la calle y charlando alegremente entraron en el edificio de la universalidad. La universalidad de periodismo era enorme y estaba llena de gente. Los exámenes finales eran esa semana. El estrés se sentía en el aire. Había jóvenes estudiando por todas partes. Eva y Ruth ocuparon un lugar en un banco vacío y se sentaron a esperar a sus demás amigas. Ya casi era la hora. Eva sacó de nuevo su libro y se puso a repasar los medios de comunicación, mientras que Ruth comprobaba si tenía varios bolígrafos azules por si acaso uno de ellos se gastaba en mitad del examen.
- Hola chicas-dijo una voz. Las dos amigas se sobresaltaron y a la vez miraron hacia la dirección de la voz, no tardando demasiado en encontrar su procedencia. Justo en el banco de enfrente al que ellas ocupaban estaba Raquel, otra de sus amigas y la dueña de aquel saludo, la cual al ver que la habían visto, se acercó corriendo hasta ellas. Raquel era pequeñita y muy menuda. Tenía el pelo recogido en dos saltarinas trenzas que se movían al compás de su carrera. Eva miró su viceroy. Ya era la hora. Las puertas se abrieron y la gente que allí había se abalanzó hacia la entrada como si de una estampida se tratase, intentando coger el mejor sitio. Las tres amigas se miraron, cogieron sus cosas y se unieron a la multitud. El último en entrar fue el profesor.
- Buenos días señores- saludó este último al tiempo que ocupaba su asiento.- Por favor guarden sus libros y apuntes y dejen tan solo sobre la mesa un bolígrafo- anunció el profesor. A continuación, empezó a repartir unos folios en blanco y otros con preguntas. -Mucha mierda chicas- susurró Ruth a sus amigas en cuanto el profesor se dio la vuelta. Un coro de toses y el sonido de un móvil lejano tapo su susurro. - Por favor silencio. No quiero oír ni una palabra. Estamos en un examen- bramó el profesor como respuesta a aquellos ruidos. Las tres amigas intercambiaron una mirada de complicidad y se concentraron en el ejercicio.
Mario se paró en un escaparate lleno de comida.- ¡Qué buena pinta tiene eso!-dijo relamiéndose al tiempo que miraba todo tipo de dulces. Se le hacía la boca agua al ver todas aquellas delicias juntas. Su estómago rugió. Estaba hambriento. Miró el reloj. Era mediodía. Su estómago era su mejor reloj, no fallaba nunca. Sacó el billetero rezando por tener suficiente dinero y contó las monedas que le quedaban. Unos diez euros. No estaba mal. Con eso era suficiente. Entró sin pensárselo dos veces. Diez minutos después estaba devorando un bollo de chocolate y crema, sentado no muy lejos de la entrada. Entonces de nuevo volvió a pensar en ella. En cómo el viento se empeñaba en tapar sus lindos ojos y en la gracia con la que ella se colocaba el travieso flequillo detrás de las orejas. Una sonrisa iluminó su rostro al tiempo que tomaba un sorbo de aquel capuchino. Su nombre era Eva. Ojalá volviera a verla pronto.
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