Abandonada en un triste cajón de la cómoda, encontró aquella última carta. Yacía envuelta por el polvo, casi consumida en el olvido. Era la última carta que había recibido. La ultima que su novia le había escrito, y no porque no le quisiera, pero el destino le había jugado una mala pasada. La había quitado de su vida sin razón aparente. Mario guardó la carta incapaz de volver a leerla, incapaz de volver a revivir todo aquel dolor. Aquel instante perduraría por siempre en su memoria. Su última conversación. Su dulce voz quedó silenciada para siempre aquella misma noche. Una noche que nunca olvidaría. Como cada noche, aquella, Mario había llamado a Laura. Aquella noche la notó rara y al oírla hablar vio que estaba llorando, incluso notó que llevaba horas haciéndolo. Otra vez había sucedido. Había vuelto a discutir con sus padres. La notó agitada, violenta y se quedó preocupado cuando ella le dijo que tenía que salir pero que luego hablaban. Nunca volvió a oírla. Ella no le llamó y él preocupado, llamó a su casa. Entonces se enteró de todo. Un accidente mortal se había cruzado en su destino y se la había arrebatado. Cegada por la rabia y la desolación Laura no vio la curva y cuando la vio ya era demasiado tarde. Se salió de la carretera. El coche dio tres o cuatro vueltas antes de aterrizar de nuevo en el suelo y ella salió despedida. Así había terminado su historia. Mario lo había vuelto a recordar y mientras así lo hacía, las lágrimas surcaron su rostro una vez más.
El timbre sonó poniendo fin al examen. Eva dejó el bolígrafo azul sobre la mesa y entregó su examen. No le había resultado difícil. Había estudiado muchísimo.
-Muy bien. Esta semana se publicarán los resultados-anunció la voz del profesor, al tiempo que recogía los exámenes.- Como saben, aquellos que no aprueben tienen otra oportunidad dentro de quince días. Les deseo mucha suerte a todos en sus prácticas- añadió a continuación.
Poco después la clase se fue quedando vacía. Apoyada en la pared del pasillo, Eva esperaba a que salieran sus amigas. Siempre eran las últimas. Y mientras esperaba, volvió a pensar en Mario. No sabía nada de él. Parecía un chico muy misterioso. Bueno algo si sabía, sabía que era guapísimo. Una sonrisa iluminó su rostro con este último pensamiento.
- Hola Eva-dijo en aquel momento una voz. Eva levantó los ojos y vió a una chica castaña a su lado. Era Yolanda. Tan ensimismada estaba pensando en Mario que no la había oído llegar.- ¿Qué tal Yoli?- saludó. Yoli había sido su mejor amiga. Lo compartían todo. Iban juntas a todas partes. Pero hacía un tiempo que eso había cambiado. Yolanda empezó a salir con un chico de clase y había dejado de ir con ellas. Ahora estaba siempre con su novio. Eva la observó por un momento. Yolanda estaba triste. Sus ojos claros lucían apagados. No había ni rastro de su habitual sonrisa, aquella que tantas veces había oído. Eva se dió cuenta de que algo no iba bien y decidió averiguarlo.-Yolanda-le habló. ¿Va todo bien?- preguntó. Yolanda la miró como respuesta y a continuación la abrazó y empezó a llorar. Estaba temblando. Eva la recomfortó entre sus brazos, sin percatarse del grupo de personas que había empezado a formarse a su alrededor y que curiosas las miraban, incluidas Raquel y Ruth que acababan de salir.
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