Miró el reloj nerviosa. Eran casi las 7 de la tarde y aun le quedaban varias calles para llegar a su destino. No quería llegar tarde. Había pasado demasiado tiempo desde la última vez que alguien la había invitado a ir de tiendas, tanto tiempo como el que llevaba sin mantener el contacto con sus amigas. Era demasiado. Antes le gustaba ir con él. Antes eran muy felices juntos. Mientras esperaba a que se pusiera el semáforo en verde, Yolanda recordó como había empezado todo, como se habían conocido.
Aquella mañana de Mayo su vida había cambiado por completo. Como cada día Yolanda había quedado con sus amigas en la parada del autobus para ir al instituto. Era un día soleado, así que en el último momento decidió ir dando un agradable paseo hasta el instituto. Así pues sacó su mp3 de la mochila, le dio al play y emprendió el camino al instituto pero iba tan ensimismada con su música que se chocó con él y le tiró todos los libros. Yolanda se apresuró a ayudarle a recogerlo todo- Perdona no te había visto- le dijo Yolanda sin dejar de mirarlo. Aquel era el chico más guapo que había visto en su vida. -Tranquila, no pasa nada-le contestó el chico con una sonrisa. Aquel encuentro no había sido casualidad, sino más bien una jugada del destino, pues un rato más tarde descubrió que aquel chico era nuevo en la ciudad e iba a su misma clase. Y así empezó todo. Dejó de ir con sus amigas en el autobús para ir caminando con Alvaro, que era el nombre del chico y así poco a poco se hicieron amigos y se enamoraron. De esta forma se había distanciado de sus amigas.
En aquel momento la luz del muñeco indicó que estaba en verde. Yolanda se secó los restos de lágrimas de los ojos. Lágrimas que habían surgido al recordar aquello. Miró a ambos lados y cruzó la calle.
En ese preciso instante no lejos de allí tres chicas esperaban impacientes a que se uniera una cuarta. Cada una muy diferente pero con una gran cosa en común: su amistad. Por una tarde dispuestas a disfrutar de su amistad y a olvidarse de sus problemas.
Mario miró desesperado hacia la cama. Había vaciado el armario entero buscando un atuendo apropiado para su nuevo trabajo pero nada de lo que yacía allí le convencía. Demasiado formal. Demasiado colorido. Demasiado viejo. Demasiado... demasiado. Definitivamente no. Sacudió la cabeza derrotado dejándose caer encima de todo aquello. No le quedaba otra. Iría a comprar ropa nueva. Así pues cogió una chaqueta de punto negra por si a la vuelta refrescaba, aunque ya empezaba a hacer bastante calor, comprobó que tenía lo necesario en el bolsillo, cogió las llaves y salió de casa.
-No, no, no-chicas no seáis malas.- dijo Eva asomando la cabeza, aguantándose la risa al tiempo que sujetaba las cortinas del probador que sus amigas se empeñaban en descorrer.
-Vamos pesada, sal ya- chilló Yoli. -Queremos un pase de modelos-añadió a continuación la rubia, haciendo que las demás estallaran en carcajadas, incluida Eva que seguía sujetando con todas sus fuerzas las cortinas.
Eva las miraba feliz. Volvían a ser cuatro. Las cuatro mosqueteras. Una para todas y todas para una. Hacía tanto tiempo que la cuarta mosquetera se había ido. Demasiado. Pero ya no importaba porque ahora de nuevo estaban todas juntas. Decidida terminó de abrocharse la ropa y descorrió las cortinas de un tirón decidida a seguir con el juego que había propuesto Yoli.
-Uauuuu-gritaron todas a una al verla salir con aquel modelito. -Estas guapísima tía-confesó Ruth al tiempo que cerraba la boca que se le había quedado abierta de la impresión. - Síiiiiiiii Ev- Te queda genial. Compratelo-Aseguró la tercera moviendo la cabeza arriba y abajo.
Eva se giró dispuesta a entrar en el vestuario para seguir ejerciendo su papel de modelo, miró hacia la puerta principal y algo la detuvo en seco. Una sonrisa iluminó su rostro. Acababa de verle entrar por la puerta o eso le parecía. Pestañeó varias veces seguidas para asegurarse.Sí allí estaba hablando con una dependienta. Sí, sí era él. No le cabía ya ninguna duda.
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